(A)
112.- la propiedad, tal como la concebíamos hasta ahora, toca a su fin; van a acabar con ella, por las buenas o por las malas, unas masas que, en gran parte, tienen razón y que, además, tienen la fuerza.
"España y la barbarie".
Conferencia en el teatro Calderón, de Valladolid. 03-03-1935. [jaoc0086.html]
113.- El capital... es un instrumento económico que tiene que servir a la economía total y que no puede ser ... el instrumento de ventaja y de privilegio de unos pocos que tuvieron la suerte de llegar antes.
"Ante una encrucijada en la historia política y económica del mundo".
Conferencia en el Círculo Mercantil de Madrid. 09-04-1935. [jaoc0103.html]
114.- La propiedad no es el capital: el capital es un instrumento económico, y como instrumento, debe ponerse al servicio de la totalidad económica, no del bienestar personal de nadie. Los embalses de capital han de ser como los embalses de agua; no se hicieron para que unos cuantos organicen regatas en la superficie, sino para regularizar el curso de los ríos y mover las turbinas en los saltos de agua.
"España y la barbarie".
Conferencia en el teatro Calderón, de Valladolid. 03-03-1935. [jaoc0086.html]
(B)
115.- Por otra parte, tenemos el economista escocés. El economista escocés es otro tipo de hombre; es un hombre exacto, formal, sencillo en sus gustos, algo volteriano, bastante distraído y algo melancólico. Este economista, antes de serlo, explicó Lógica en la Universidad de Glasgow, después Filosofía moral. Entonces la Filosofía moral se componía de varias cosas bastante diferentes: Teología Natural, Ética, Jurisprudencia y Política. Había, incluso, escrito, en el año 1759, un libro que se titulaba "Teoría de los sentimientos morales"; pero, en realidad, no es este un libro el que le abrió las puertas de la inmortalidad; el libro que le abrió las puertas de la inmortalidad se llama "Investigaciones acerca de la riqueza de las naciones". El economista escocés, ya lo habéis adivinado todos, se llamaba Adam Smith.
Pues bien: para Adam Smith el mundo económico era una comunidad natural creada por la división del trabajo Esta división del trabajo no era un fenómeno consciente, querido por aquellos que se habían repartido la tarea; era un fenómeno inconsciente, un fenómeno espontáneo. Los hombres se habían ido repartiendo el trabajo sin ponerse de acuerdo; a ninguno, al proceder a esa división, había guiado el interés de los demás, sino la utilidad propia; lo que es cada uno, al buscar esa utilidad propia, había venido a armonizar con la utilidad de los demás, y así, en esta sociedad espontánea, libre, se presentan: primero, el trabajo, que es la única fuente de toda riqueza; después, la permuta, es decir, el cambio de las cosas que nosotros producimos por las cosas que producen los otros; luego, la moneda, que es una mercancía que todos estaban seguros habían de aceptar los demás; por último, el capital, que es el ahorro de lo que no hemos tenido que gastar, el ahorro de productos para poder con él dar vitalidad a empresas nuevas. Adam Smith cree que el capital es la condición indispensable para la industria: el capital condiciona la industria –son sus palabras–. Pero todo esto pasa espontáneamente, como os digo; nadie se ha puesto de acuerdo para que esto ande así y, sin embargo, anda así, tiene que andar así; además, Adam Smith considera que debe andar así, y está tan seguro, tan contento de esta demostración que va enhebrando, que, encarándose con el Estado, con el soberano –él también le llama el soberano–, le dice: "Lo mejor que puedes hacer es no meterte en nada, dejar las cosas como están. Estas cosas de la economía son delicadísimas; no las toques, que no tocándolas se harán solas ellas e irán bien."
"Ante una encrucijada en la historia política y económica del mundo".
Conferencia en el Círculo Mercantil de Madrid. 09-04-1935. [jaoc0103.html]
116.- Lo mismo que Rousseau se encontró con que la Revolución francesa, al poco tiempo, acogió sus principios, Smith tuvo la suerte, raras veces alcanzada por ningún escritor, de que Inglaterra estableció poco después la completa libertad económica. Abrió la mano al libre juego de la oferta y de la demanda, que, según Adam Smith, iba a producir, sin más, sin presión de nadie más, el equilibrio económico. Y, en efecto, también el liberalismo económico vivió su época heroica, una magnífica época heroica. Nosotros no nos tenemos que ensañar nunca con los caídos, ni con los caídos físicos, con los hombres que, por ser hombres, aunque fueran enemigos nuestros, nos merecen todo el respeto cine implica la dignidad y la cualidad humanas, ni con los caídos ideológicos. El liberalismo económico tuvo una gran época, una magnífica época de esplendor; a su ímpetu, a su iniciativa, se debieron el ensanche de riquezas enormes hasta entonces no explotadas; las llegadas, aun a las capas inferiores, de grandes comodidades y hallazgos; la competencia, la abundancia, elevaron innegablemente las posibilidades de vida de muchos.
Ahora bien: por donde iba a morir el liberalismo económico era porque, como hijo suyo, iba a producirse muy pronto este fenómeno tremendo, acaso el fenómeno más tremendo de nuestra época, que se llama el capitalismo (y desde este momento sí que me parece que ya no estamos contando viejas historias).
Yo quisiera, de ahora para siempre, que nos entendiéramos acerca de las palabras. Cuando se habla del capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son contrapuestas. Precisamente uno de los efectos del capitalismo fue el aniquilar casi por entero la propiedad privada en sus formas tradicionales. Esto está suficientemente claro en el ánimo de todos, pero no estará de más que se le dediquen unas palabras de mayor esclarecimiento. El capitalismo es la transformación, más o menos rápida, de lo que es el vínculo directo del hombre con sus cosas en un instrumento técnico de ejercer el dominio. La propiedad antigua, la propiedad artesana, la propiedad del pequeño productor, del pequeño comerciante, es como una proyección del individuo sobre sus cosas. En tanto es propietario en cuanto puede tener esas cosas, usarlas, gozarlas, cambiarlas, si queréis; casi en estas mismas palabra ha estado viviendo en las leyes romanas durante siglos, el concepto de la propiedad; pero a medida que el capitalismo se perfecciona y se complica, fijaos en que va alejándose la relación del hombre con sus cosas y se va interponiendo una serie de instrumentos técnicos de dominar; y lo que era esta proyección directa, humana, elemental de relación entre un hombre y sus cosas, se complica; empiezan a introducirse signos que envuelven la representación de una relación de propiedad, pero signos que cada vez van sustituyendo mejor a la presencia viva del hombre, y cuando llega el capitalismo a sus últimos perfeccionamientos, el verdadero titular de la propiedad antigua ya no es un hombre, ya no es un conjunto de hombres, sino que es una abstracción representada por trozos de papel: así ocurre en lo que se llama la sociedad anónima. La sociedad anónima es la verdadera titular de un acervo de derechos, y hasta tal punto se ha deshumanizado, hasta tal punto le es indiferente ya el titular humano de esos derechos, que el que se intercambien los titulares de las acciones no varía en nada la organización jurídica, el funcionamiento de la sociedad entera.
Pues bien; este gran capital, este capital técnico, este capital que llega a alcanzar dimensiones enormes, no sólo no tiene nada que ver, como os decía, con la propiedad en el sentido elemental y humano, sino que es su enemigo. Por eso, muchas veces, cuando yo veo cómo, por ejemplo, los patronos y los obreros llegan, en luchas encarnizadas, incluso a matarse por las calles, incluso a caer víctimas de atentados donde se expresa una crueldad sin arreglo posible, pienso que no saben los unos y los otros que son ciertamente protagonistas de una lucha económica, pero una lucha económica en la cual, aproximadamente, están los dos en el mismo bando; que quien ocupa el bando de enfrente, contra los patronos y contra los obreros, es el poder del capitalismo, la técnica del capitalismo financiero. Y sí no, decídmelo vosotros, que tenéis mucha más experiencia que yo en estas cosas: cuantas veces habéis tenido que acudir a las grandes instituciones de crédito a solicitar un auxilio económico sabéis muy bien qué intereses os cobran, del 7 y del 8 por 100, y sabéis no menos bien que ese dinero que se os presta no es de la institución que os lo presta, sino que es de los que se lo tienen confiado, percibiendo el 1,5 ó el 2 por 100 de intereses, y esta enorme diferencia que se os cobra por pasar el dinero de mano a mano gravita juntamente sobre vosotros y sobre vuestros obreros, que tal vez os están esperando detrás de una esquina para mataros. Pues bien: ese capital financiero es el que durante los últimos lustros está recorriendo la vía de su fracaso, y ved que fracasa de dos maneras: primero, desde el punto de vista social (esto deberíamos casi esperarlo); después, desde el punto de vista técnico del propio capitalismo, y esto lo vamos a demostrar en seguida.
Desde el punto de vista social va a resultar que, sin querer, voy a estar de acuerdo en más de un punto con la crítica que hizo Carlos Marx. Como ahora, en realidad desde que todos nos hemos lanzado a la política, tenemos que hablar de él constantemente; como hemos tenido todos que declararnos marxistas o antimarxistas, se presenta a Carlos Marx, por algunos –desde luego, por ninguno de vosotros–, como una especie de urdidor de sociedades utópicas. Incluso en letras de molde hemos visto aquello de "Los sueños utópicos de Carlos Marx". Sabéis de sobra que si alguien ha habido en el mundo poco soñador, éste ha sido Carlos Marx: implacable, lo único que hizo fue colocarse ante la realidad viva de una organización económica, de la organización económica inglesa de las manufacturas de Manchester, y deducir que dentro de aquella estructura económica estaban operando unas constantes que acabarían por destruirla. Esto dijo Carlos Marx en un libro formidablemente grueso; tanto, que no lo pudo acabar en vida; pero tan grueso como interesante, esta es la verdad; libro de una dialéctica apretadísima y de un ingenio extraordinario; un libro, como os digo, de pura crítica, en el que, después de profetizar que la sociedad montada sobre este sistema acabaría destruyéndose, no se molestó ni siquiera en decir cuándo iba a destruirse ni en qué forma iba a sobrevenir la destrucción. No hizo más que decir: dadas tales y cuales premisas, deduzco que esto va a acabar mal; y después de eso se murió, incluso antes de haber publicado los tomos segundo y tercero de su obra; y se fue al otro mundo (no me atrevo a aventurar que al infierno, porque sería un juicio temerario) ajeno por completo a la sospecha de que algún día iba a salir algún antimarxista español que le encajara en la línea de los poetas.
Este Carlos Marx ya vaticinó el fracaso social del capitalismo sobre el cual estoy departiendo ahora con vosotros. Vio que iban a pasar, por lo menos, estas cosas: primeramente, la aglomeración de capital. Tiene que producirla la gran industria. La pequeña industria apenas operaba más que con dos ingredientes: la mano de obra y la primera materia. En las épocas de crisis, cuando el mercado disminuía, estas dos cosas eran fáciles de reducir: se compraba menos primera materia, se disminuía la mano de obra y se equilibraba, aproximadamente, la producción con la exigencia del mercado; pero llega la gran industria; y la gran industria, aparte de ese elemento que se va a llamar por el propio Marx capital variable, emplea una enorme parte de sus reservas en capital constante; una enorme parte que sobrepuja, en mucho, el valor de las primeras materias y de la mano de obra; reúne grandes instalaciones de maquinaria, que no es posible en un momento reducir. De manera que para que la producción compense esta aglomeración de capital muerto, de capital irreducible, no tiene más remedio la gran industria que producir a un ritmo enorme, como produce; y como a fuerza de aumentar la cantidad llega a producir más barato, invade el terreno de las pequeñas producciones, va arruinándolas una detrás de otra y acaba por absorberlas. Esta ley de la aglomeración del capital la predijo Marx, y aunque algunos afirmen que no se ha cumplido, estamos viendo que sí, porque Europa y el mundo están llenos de trusts, de Sindicatos de producción enorme y de otras cosas que vosotros conocéis mejor que yo, como son esos magníficos almacenes de precio único, que pueden darse el lujo de vender a tipos de dumping, sabiendo que vosotros no podéis resistir la competencia de unos meses y que ellos en cambio, compensando unos establecimientos con otros, unas sucursales con otras, pueden esperar cruzados de brazos nuestro total aniquilamiento.
Segundo fenómeno social que sobreviene: la proletarización. Los artesanos desplazados de sus oficios, los artesanos que eran dueños de su instrumento de producción y que, naturalmente, tienen que vender su instrumento de producción porque ya no les sirve para nada; los pequeños productores, los pequeños comerciantes, van siendo aniquilados económicamente por este avance ingente, inmenso, incontenible, del gran capital y acaba incorporándose al proletariado, se proletarizan. Marx lo describe con un extraordinario acento dramático cuando dice que estos hombres, después de haber vendido sus productos, después de haber vendido el instrumento con que elaboran sus productos, después de haber vendido sus casas, ya no tienen nada que vender, y entonces se dan cuenta de que ellos mismos pueden una mercancía, de que su propio trabajo puede ser una mercancía, y se lanzan al mercado a alquilarse por una temporal esclavitud. Pues bien: este fenómeno de la proletarización de masas enormes y de su aglomeración en las urbes alrededor de las fábricas es otro de los síntomas de quiebra social del capitalismo.
Y todavía se produce otro, que es la desocupación. En los primeros tiempos de empleo de las máquinas se resistían los obreros a darles entrada en los talleres. A ellos les parecía que aquellas máquinas, que podían hacer el trabajo de veinte, de cien o de cuatrocientos obreros, iban a desplazarlos. Como se estaba en los tiempos de fe en el "progreso indefinido", los economistas de entonces sonreían y decían: "Estos ignorantes obreros no saben que esto lo que hará será aumentar la producción, desarrollar la economía, dar mayor auge a los negocios...; habrá sitio para las máquinas y para los hombres." Pero resultó que no ha habido este sitio; que en muchas partes las máquinas han desplazado a la casi totalidad de los hombres en cantidad exorbitante. Por ejemplo, en la fabricación de botellas de Checoslovaquia –éste es un dato que viene a mi memoria– donde trabajan, no en 1880, sino en 1920, 8000 obreros, en este momento no trabajan más de 1.000, y, sin embargo, la producción de botellas ha aumentado.
El desplazamiento del hombre por la máquina no tiene ni la compensación poética que se atribuyó a la máquina en los primeros tiempos, aquella compensación que consistía en aliviar a los hombres de una tarea formidable. Se decía: "No; las máquinas harán nuestro trabajo, las máquinas nos liberarán de nuestra labor." No tiene esa compensación poética, porque lo que ha hecho la máquina no ha sido reducir la jornada de los hombres, sino, manteniendo la jornada igual, poco más o menos –pues la reducción de la jornada se debe a causas distintas–, desplazar a todos los hombres sobrantes. Ni ha tenido la compensación de implicar un aumento de los salarios, porque, evidentemente, los salarios de los obreros han aumentado; pero aquí también lo tenemos que decir todo tal como lo encontramos en las estadísticas y en la verdad. ¿Sabéis en la época de prosperidad de los Estados Unidos, en la mejor época, desde 1922 hasta 1929, en cuánto aumentó el volumen total de los salarios pagados a los obreros? Pues aumentó en un 5 por 100. ¿Y sabéis, en la misma época, en cuánto aumentaron los dividendos percibidos por el capital? Pues aumentaron en el 86 por 100. ¡Decid si es una manera equitativa de repartir las ventajas del maquinismo!
Pero era de prever que el capitalismo tuviera esta quiebra social. Lo que era menos de prever era que tuviera también una quiebra técnica, que es, acaso, la que está llevando su situación a términos desesperados.
Por ejemplo: las crisis periódicas han sido un fenómeno producido por la gran industria, y producido, precisamente, por esa razón que os decía antes, cuando explicaba la aglomeración del capital. Los gastos irreducibles del primer establecimiento son gastos muertos que en ningún caso se pueden achicar cuando el mercado disminuye. La superproducción, aquella producción a ritmo violentísimo de que hablaba antes, acaba por saturar los mercados. Se produce entonces el subconsumo, y el mercado absorbe menos de lo que las fábricas le entregan. Si se conservase la estructura de la pequeña economía anterior se achicaría la producción proporcionalmente a la demanda mediante la disminución en la adquisición de primeras materias y mano de obra; pero como esto no se puede hacer en la gran industria, porque tiene ese ingente capital constante, ese ingente capital muerto, la gran industria se arruina; es decir, que técnicamente la gran industria hace frente a las épocas de crisis peor que la pequeña industria. Primera quiebra para su antigua altanería.
Pero después, una de las notas más simpáticas y atractivas del período heroico del capitalismo liberal falla también; era aquella arrogancia de sus primeros tiempos, en que decía: "Yo no necesito para nada el auxilio público; es más, pido a los poderes públicos que me dejen en paz, que no se metan en mis cosas." El capitalismo, muy en breve, en cuanto vinieron las épocas de crisis, acudió a los auxilios públicos; así hemos visto cómo las instituciones más fuertes se han acogido a la benevolencia del Estado, o para impetrar protecciones arancelarias o para obtener auxilios en metálico. Es decir, que, como dice un escritor enemigo del sistema capitalista, el capitalismo, tan desdeñoso, tan refractario a una posible socialización de sus ganancias, en cuanto vienen las cosas mal es el primero en solicitar una socialización de las pérdidas.
Por último, otra de las ventajas del libre cambio, de la economía liberal, consistía en estimular la concurrencia. Se decía: compitiendo en el mercado libre todos los productores, cada vez se irán perfeccionando los productos y cada vez será mejor la situación de aquellos que los compran. Pues bien: el gran capitalismo ha eliminado automáticamente la concurrencia al poner la producción en manos de unas cuantas entidades poderosas.
Y vienen todos los resultados que hemos conocido: la crisis la paralización, el cierre de las fábricas, el desfile inmenso de proletarios sin tarea, la guerra europea, los días de la posguerra... Y el hombre que aspiró a vivir dentro de una economía y una política liberales. dentro de un principio liberal, que llenaba de sustancia y dé optimismo a una política y a una economía, vino a encontrarse reducido a esta cualidad terrible: antes era artesano, pequeño productor, miembro de una corporación acaso dotada de privilegios, vecino de un Municipio fuerte; ya no es nada de eso. Al hombre se le ha ido librando de todos sus atributos, se le ha ido dejando químicamente puro en su condición de individuo; ya no tiene nada; tiene el día y la noche; no tiene ni un pedazo de tierra donde poner los pies, ni una casa donde cobijarse; la antigua ciudadanía completa, humana, íntegra, llena, se ha quedado reducida a estas dos cosas desoladoras: un número en las listas electorales y un número en las colas a las puertas de las fábricas.
Y entonces mirad qué dos perspectivas para Europa: de una parte, la vecindad de una guerra posible; Europa, desesperada, desencajada, nerviosa, acaso se precipite a otra guerra; de otro lado, el atractivo de Rusia, el atractivo de Asia, porque no se os olvide el ingrediente asiático de esto que se llama el comunismo ruso, en el que hay tanto o más de influencia marxista germánica, influencia típicamente anarquista, asiática. Lenin anunciaba, como última etapa del régimen que se proponía implantar –lo anunció en un libro que se publicó muy poco antes de triunfar la Revolución rusa–, que al final vendría una sociedad sin Estado y sin clases. Esta última etapa tenía todas las características del anarquismo de Bakunin y de Kropotkin; pero para llegar a esta última etapa había que pasar por otra durísima, marxista, de dictadura del proletariado. Y Lenin, con extraordinario cinismo irónico, decía: "Esta etapa no será libre ni justa. El Estado tiene la misión de oprimir; todos los Estados oprimen; el Estado de la clase trabajadora también sabrá ser opresor; lo que pasa es que oprimirá a la clase recién expropiada, oprimirá a la clase que hasta ahora la oprimía a ella. El Estado no será libre ni justo. Y, además, el paso a la última etapa, a esa etapa venturosa del anarquismo comunista, no sabemos cuándo llegará." Esta es la hora en que no ha llegado todavía; probablemente no llegará nunca. Para una sensibilidad europea, para una sensibilidad de burgués o de proletario europeo, esto es terrible, desesperadamente. Allí sí que se llega a la disolución en el número, a la opresión bajo un Estado de hierro. Pero el proletariado europeo, desesperado, que no se explica su existencia en Europa, ve aquello de Rusia como un mito, como una posible remota liberación.
"Ante una encrucijada en la historia política y económica del mundo".
Conferencia en el Círculo Mercantil de Madrid. 09-04-1935. [jaoc0103.html]
(C)
117.- Observad adónde nos ha conducido la descomposición postrera del liberalismo político y del liberalismo económico: a colocar a masas europeas enormes en esta espantosa disyuntiva: o una nueva guerra, que será el suicidio de Europa, o el comunismo, que será la entrega de Europa a Asia.
"Ante una encrucijada en la historia política y económica del mundo".
Conferencia en el Círculo Mercantil de Madrid. 09-04-1935. [jaoc0103.html]