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El Rastro de la Historia. NÚMERO DOCE

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FALANGE E IGLESIA

-Francisco Blanco -


A partir de la obra de Guy Hermet Los católicos en la España de Franco  y de la consulta a textos que hacen referencia al tema que aquí se trata, se ha elaborado una síntesis acerca de las relaciones entre la Falange y la Iglesia. Asimismo se han consultado fuentes primarias depositadas en el Archivo General de la Administración.


 

  Hablar de la Iglesia y la Falange requiere, de entrada, precisar. En propiedad, aquélla es la comunión de los fieles cristianos, con el mismo Cristo a la cabeza, presidida en la tierra por el Papa, su vicario. Y la Falange, en rigor, es el movimiento político fundado por José-Antonio Primo de Rivera, con la intención, en su expresión más precisa y poética, de implantar en España una justicia social profunda, para que, sobre esta base, los pueblos vuelvan a la supremacía de lo espiritual. En este trabajo, sin embargo, no nos referimos a una ni a otra en tan exactos e inexorables términos, sino en otros más pedestres y aproximativos: nos referimos a la Iglesia española más como estructura clerical que como comunión de fieles, y a la Falange, más como aquello que surgió de la guerra civil, que acaso todavía no se llamaba Movimiento, pero era ya el partido único de Franco, bien lejano ya de las purezas y las ortodoxias fundacionales, realidad poliédrica.

Si hay licencias poéticas, también acaso las pueda haber históricas, y nosotros las reclamamos para tratar nuestro asunto.  

Así vistas, puede decirse que tanto la Iglesia como la Falange, entendiendo por ellas su conjunto, fueron dos pilares fundamentales del franquismo. Jugó cada una baza distinta en el proceso político del régimen, pero quedó claro que mientras la Iglesia desarrollaba una estrategia mucho más pensada, la Falange (a la que en este trabajo aludimos como tal) no hizo más que plegarse a lo que su Jefe Nacional quiso que hiciera, y como comparsa suya funcionó hasta su muerte; aunque algunas actitudes contestatarias de falangistas aportaran rasgos de originalidad política que se distanciaba de la del Caudillo y fueron abortadas por su inconveniencia, bien con los tiempos internacionales por los que se producían, bien porque no entraban en los esquemas generales dominantes del régimen.  

Al final, lo que para algunos pudo parecer combate tuvo un vencedor claro. La corpulencia histórica de la Iglesia poco tenía que ver con la aparición fugaz de una pequeña agrupación política que por los azares de la guerra se catapultó a primera fuerza nominal en el seno del franquismo. Pero dichas así las cosas no puede entenderse que entre ambas fuerzas no hubiera lugares de entendimiento, más bien todo lo contrario. Incluso se dieron casos de "falangistización" de los católicos profesionales, sobre todo en los primeros tiempos. Fernando-María Castiella, Adolfo Muñoz Alonso, José-Mª Ruiz Gallardón o Enrique Jiménez Arnau sirven como botones de una muestra mucho más amplia.   

No fue infrecuente en aquellos tiempos que los órganos rectores de la Iglesia, al pretender controlar (compartir no se les hacía fácil) los resortes que hacen posibles la conformación de las mentalidades (propaganda y educación) hicieran surgir la desconfianza. Tal recelo era más por el temor de lo que pudiera ser que por lo que realmente era. Como apunta Ramón Serrano Suñer, "entre el clero con referencia a la "Falange", se habló más de una vez de estatolatría, de panteísmo hegeliano y de otras cosas análogas" . Desde luego, ninguno de los Ministros Secretarios del Movimiento o Viceministros (Vicesecretarios) en funciones, dieron pie a este tipo de desconfianzas. Hubo responsables de primera fila de la FET que provenían del profesionalismo católico, como ocurrió con Gamero del Castillo. El propio Ramón Serrano Suñer tenía su origen en las Juventudes de Acción Popular. Y los hubo, también, caso de José Luis Arrese, que reelaboraron la doctrina primitiva, por si alguna duda había, ajustándola a los moldes más ortodoxos posibles del catolicismo,  extirpando cualquier semilla de potencial disidencia, real o especulada.  

Posiblemente a la jerarquía eclesial le resultaban más cómodos los partidos confesionales, creados o inducidos por ella, o aquéllos en donde se hacía del catolicismo un título, pero de ahí a juzgar de panteización del Estado los presupuestos del falangismo había un abismo. Si acaso, muy al principio, núcleos reducidos de la Falange pudieron justificar, ante un estado de hipersensibilidad eclesial, la puesta en guardia de la Iglesia, pero pasado un breve espacio de tiempo, que no va más allá del año 42, tan solo quedaban algunos resabios trasnochados de totalitarismo (argumento acusatorio) en el interior de algunas parcelas dominadas por la FET; pero con referencia al fenómeno religioso tales actitudes eran inexistentes. E incluso en algunos de ellos, caso de Sección Femenina, si había algún resabio era de "totalitarismo católico" y no de otra especie.  

Falange unificada y catolicismo institucional español: dos inquilinos de un mismo edificio entre los que se suscitaban rencillas, por el control de las mismas parcelas. Esta competencia es la que provocaría algunas chispas.  

 

LA FALANGE DE PREGUERRA.  

Las figuras más destacadas que actuaron como ideólogos del conglomerado político que cuajó en el 1934 con la denominación de Falange Española y de las JONS, fueron Onésimo Redondo, Ramiro Ledesma y José-Antonio Primo de Rivera.

Onésimo Redondo era un joven abogado de Valladolid, relacionado con los pequeños propietarios agrarios, muy influido por la idea corporativa católica, exalumno de los jesuitas y miembro de la ACNP. Su sindicato remolachero pertenecía a aquella línea de actuación fomentada por la Iglesia y por sus miembros seglares desde los finales del XIX y principios del XX, como valladar de contención con las agrupaciones obreras de izquierdas. Aquella provincia había sido la cuna de la primera Federación Provincial de Sindicatos Católicos, en el lejano 1912. Entroncaba, pues, el pensamiento de Redondo con la doctrina social de la Iglesia. Para Guy Hermet incluso, la posterior creación de los sindicatos falangistas CONS, debido al influjo de Redondo, no fueron sino una variante de los sindicatos católicos . Tal argumentación, que puede resultar una interpretación válida, no debe descuidar otros derroteros de las Centrales falangistas donde la influencia no se restringía solo a Redondo, ni a la Iglesia. En cualquier caso, el núcleo primitivo de acción de Onésimo fue Castilla la Vieja: dominio del campo, ausencia de irritantes contrastes en cuanto a la propiedad, y mentalidades fuertemente inspiradas por la Iglesia.

Ramiro Ledesma Ramos era una pieza de material distinto. Su formación filosófica hegeliana le condujo en aquellos años a una postura religiosa de agnosticismo. Ello no obstante, su pensamiento tenía en cuenta el respeto y la aceptación del papel fundamental que la Iglesia católica había tenido y tenía en España. Así, en la circular de Julio del 31 decía:

"No constituimos un partido confesional. Vemos en el catolicismo un manojo de valores espirituales que ayudarán eficazmente nuestro afán de reconstruir y vigorizar sobre auténticas bases españolas la existencia histórica de la Patria.."; aunque dejaba claro que "no aceptamos la disciplina política de la Iglesia”. 

En el Manifiesto de las JONS de noviembre del 31. al parecer por la influencia de Onésimo Redondo, con quien había llegado al acuerdo de unificación entre las Juntas Castellanas de Actuación Hispánica, JCAH y las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, JONS, se incluyó un punto de mayor aproximación política: "máximo respeto a la tradición católica de nuestra raza. La espiritualidad y la cultura de España van enlazadas al prestigio de los valores religiosos" .

No parece que tal redacción, juzgada por algunos como aproximación a lo confesional, deba ser calificada de tal, habida cuenta de que el propio Redondo rechazaba la "confesionalidad" del Estado  El pensamiento de Ledesma acerca de la Iglesia Católica, que resultaba un tanto atípico, en contraste a los de Primo de Rivera y Redondo, llegaría a ser manipulado en la década de los sesenta y setenta por ciertos grupos de la Falange alternativa, que quisieron creer ver en él, invocando, entre otras razones, su frialdad hacia la Iglesia, el fermento revolucionario más potente de la Falange. Es decir: pretendieron identificar la revolución o lo revolucionario con la privación del sentimiento religioso o su contestación. No parece aventurado decir que en algo emparentaban con ese sentimiento anticlerical español del palo o la vela que sigue al cura en los vaivenes de la historia de España.

 Otra visión más "católica" sobre el pensamiento de Ledesma menguaba su innegable agnosticismo de aquellos años, contrastándolo con los últimos testimonios que de él se tienen. Y es que, según datos fiables, Ledesma acabaría encarando la muerte en el seno de la Iglesia. .  

La personalidad más importante, sin duda, de las tres, y la más influyente, fue la de José-Antonio Primo de Rivera. La faceta religiosa de éste se nos presenta con una claridad meridiana. Tanto su conducta personal como sus declaraciones políticas se insertaban, sin margen de duda, en el marco del catolicismo: "la interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera; pero es además, históricamente la española". 

 Del cristianismo en su vida personal dan amplio testimonio quienes le conocieron, y de ello queda huella en lo que al respecto han dejado escrito Ximénez de Sandoval, David Jato , Narciso Perales , o Alejandro Corniero .Una evidente confirmación de sus convicciones queda además en sus más sinceros escritos como, por ejemplo, en su testamento .

El estudio de la personalidad religiosa de José-Antonio ha sido objeto de un trabajo profundo de Cecilio de Miguel . Este autor ha analizado la religiosidad en las actuaciones del fundador de la Falange, evidenciando su devota vida religiosa, con seguimiento del rito y liturgia, práctica de la oración y frecuente lectura de las Escrituras, en una época en la que, por cierto, esos usos no eran nada frecuentes en seglares cultivados. Todo ello, por cierto, no obstaba para que las recomendaciones a los falangistas más tibiamente religiosos no pasaran de eso, de recomendaciones ("ni puedo, ni debo mandarlo como jefe")  La revisión de su perfil humano, de su carácter, de incluso su tarea profesional como abogado (no admitía causas de divorcio), le situaban plenamente dentro de la convencida militancia católica.

El único punto de vista de su teoría política susceptible de crítica, desde la perspectiva de la Iglesia, era aquél en donde se pedía la separación de la Iglesia y el Estado, fijado por norma programática de Falange Española. Antecedentes sobre el tema había en las enciclicas de León XIII Cum multa, Humanum genus; de Pío X Vehementer nos, y de Pío XI Dilectíssima Nobis, en donde se condenaba la separación completa entre Iglesia y Estado y pesaba la excomunión para los católicos que la apoyaran (Nous avons lù, de Pío XI contra Action Française o Non abbiamo bisogno, rectificando al fascismo italiano). Sin embargo, no hubo tal trato hacia la Falange porque en su ideario no se prescindía de la Iglesia en el comportamiento social sino que se le asignaba un papel tan relevante, como el del propio Estado, aunque de naturaleza distinta. Así al menos lo expresa Cecilio de Miguel en el texto de referencia.

La norma programática 25 de la Falange decía: "Nuestro movimiento incorpora el sentido católico‑de gloriosa tradición y predominante en España‑ a la reconstrucción nacional. La Iglesia y el Estado concordarán sus facultades respectivas, sin que se admita intromisión o actividad alguna que menoscabe la dignidad del Estado o la integridad nacional" .

Esta afirmación, que no jamás fue contestada por la Iglesia, se hubiera podido calificar como errónea si de ella se hubiera entendido que el Estado sometía a la Iglesia sin reconocerla sus derechos. La doctrina de la Iglesia en este asunto había quedado expuesta en la encíclica Inmortali Dei de León XIII, publicada en 1885, y en la anterior de Gregorio XVI, Mirari vos, que había visto la luz en 1832, en donde se arremetía contra los que querían separar Iglesia y Estado rompiendo la concordia. Esta idea de ruptura, obviamente, no aparecía en la idea subyacente a la norma programática citada. Pese a ello, aquella norma 25 sería aprovechada por algún destacado adherente falangista, como el marqués de la Eliseda (que claramente se había equivocado de localidad), para marcharse de la Falange. La justificación de su apartamiento amparándose en el no catolicismo de la Falange, fue respondida por José-Antonio de forma contundente:

"...la declaración sobre el problema religioso contenido en el punto 25 del programa de la Falange Española de las JONS coincide exactamente con la manera de entender el problema que tuvieron nuestros más preclaros y católicos reyes, y segundo, que la Iglesia tiene sus doctores para calificar el acierto de cada cual en materia religiosa; pero que desde luego, entre esos doctores no figura hasta ahora el marqués de la Eliseda".

En vísperas de la sublevación del 18 de Julio, José-Antonio se había manifestado en contra del nacionalcatolicismo, porque consideraba la tolerancia como norma inevitable y había mostrado su desacuerdo con las tendencias intransigentes de los carlistas y otros integristas ; no, evidentemente, en lo referido a sus creencias dogmáticas, sino en la proyección que de esas verdades hacían en su praxis política.

La separación Iglesia y Estado y la no confesionalidad resumían el planteamiento hacia la Iglesia-institución de la Falange primitiva. Ni el "intimismo religioso" de José-Antonio, ni el rechazo de los partidos "cristianos" eran patrimonio novedoso de Primo de Rivera.

En el pensamiento religioso de José-Antonio parecía pesar, si tenemos en cuenta la opinión de su amigo Serrano Suñer, un tipo de religiosidad más intimista, más privada. El que fuera Ministro de Interior y Exterior, emparentaba a Primo de Rivera más en la línea cristiana de Cruz y Raya de Bergamín que en ninguna otra. El desacuerdo con los partidos confesionales por parte de católicos no sólo se daba en España. En esa línea de creatividad cristiana se insertaba Emmanuel Mounier. Este pensador, crítico tanto del sistema comunista como de la democracias occidentales, cristiano militante, no dudaba en atacar a los partidos católicos o demócrata cristianos. La política confesional no entraba en el pensamiento de Mounier. "Es de toda la política, no solamente de la derecha, de donde Mounier entendía que había de disociar lo espiritual. Siempre se opondrá a los que por compensación se sientan tentados a asociar lo espiritual con la izquierda. Esto será uno de los ejes favoritos sobre los que girará su acción política, en lucha constante contra los que pretenden comprometer y confundir lo espiritual con lo temporal luchando para distinguirlos en una jerarquía de valores, ya sea con la derecha; con la Acción Francesa, El Eco de París y el general Castelneau, o con la izquierda como el autor de un folleto Socialistas porque somos cristianos, o con los animadores de la revista Tierra Nueva (cuya portada lleva la hoz y el martillo sobre una cruz, o incluso más cerca de nosotros con la Unión de cristianos progresistas". ¿Existe una política cristiana? se preguntaba Mounier en junio de 1934: su respuesta era negativa..."la experiencia ha demostrado que esos partidos confesionales traían como primer resultado, atraer la atención, devolver energías y fijar corazones satisfechos sobre "esta proyección sociológica de la religión que es su constante amenaza interior... Una acción concertada entre cristianos en el dominio temporal político no tendrá, por consiguiente, eficacia más que en un conjunto de juicios históricos y prácticas determinadas. Quizás reuniría una minoría de cristianos, unidos a los demás por la comunidad sobrenatural, que hará que no se encuentren solos en su idea política. Ellos habrán escogido por móviles cristianos, la creencia más conforme para ellos con la justicia, pero por razones personales que nunca comprometan al cristianismo..."

Hubo, dentro de España, quien no aceptó la proyección política de la Iglesia en partidos populares o demócratas cristianos. La postura eclesial llevada a la política quedaba puesta en entredicho por Miguel de Unamuno:"¿Qué es eso del cristianismo social? ¿Qué es eso del reinado social de Jesucristo, con que tanto nos marean los jesuitas?¿Qué tiene que ver la cristiandad , con la sociedad de aquí abajo , de la tierra? ¿Qué es eso de la democracia cristiana?  Quizá por ello, entre otras razones, Unamuno pasó a ser uno de los ideólogos de determinados falangistas y sujeto de crítica feroz por parte de la Iglesia.  

La crítica a los partidos confesionales estaba presente en Primo de Rivera. Hacia la CEDA tenía recelos por no intentar limar el anticlericalismo de la constitución del 31. Al mismo tiempo se enfrentaba a esa formación "católica" por su carácter político, inútil, pactista con los antiguos tragacuras del corrompido partido de Lerroux. Política aséptica que llevó al "bienio estúpido"  Nunca se atacó su creencia, a lo más, se echó en cara su sumisión al vaticanismo, su clericalismo de sacristía o la "robotización carente de sentimientos a que conducían algunos órganos del profesionalismo católico (Cfr. Arriba 28.03.35). La distinción entre fe viva y clericalismo precisaba de una diferenciación tan importante como difícil de entender en aquellos tiempos, y no es raro que se diera la confusión.

Hay autores de peso que vieron en la Falange primitiva versiones de ideas sociales pontificias. Stanley Payne considera que la doctrina católica del corporativismo presente en la Quadragesimo Anno, con enorme vaguedad, fue adoptada por la Falange con una variante del corporativismo católico a la que llamó nacionalsindicalismo . No obstante, poco apoyo tuvo entre las masas creyentes el pensamiento falangista, al que en medios clericales se consideraba muy radical  y no lo bastante católico. Núcleos integristas en algunas zonas de la geografia española o la variante más acomodaticia, más presentable, de la CEDA, significaban opciones más seductoras para la masa católica española, y a ellas se afiliarían, en vez de a la Falange ; aunque algún destello de filofascismo pudiera divisarse también en ellas, como el deslumbramiento por la Italia de la época, que había hecho mella en el lider católico Sánchez Juliá.

Sigfredo Hillers en su Ética y Estilo falangista afirma que la Iglesia católica, como depositaria de un cúmulo de verdades, no ha aceptado la utilización exclusiva ni excluyente de esas verdades en beneficio particular de una organización o de un grupo de personas . Pero, siendo cierta esta expresión, es también verdad que la promoción eclesial ha favorecido a determinadas líneas de actuación política de algunos católicos en detrimento de otros. Por tanto, hablar de "católicos", con referencia exclusiva a los miembros de la CEDA o AE y prolongar este vocablo en el régimen del general Franco con significado diferenciador, puede conducir al yerro, aunque en el vocabulario histórico haya quedado grabada tal calificación.

La idea que subyacía en la Falange era una idea católica y la Iglesia, que se sepa, no anatemizó la doctrina falangista. Pero en las sacristías florecían con más facilidad otras plantas políticas.

El espíritu religioso de la parte pensante de la Falange, de la Falange doctrinaria, era bien patente, sin que ello significara que tal aceptación fuera común a todos sus miembros.

Ocasionalmente, respecto del asunto religioso, pudo haber alguna postura personal de radicalismo laicista, más radicalismo verbal que otra cosa,  como resultó el caso de Angel Alcázar de Velasco. Pero si la hubo, no pasó de lo anecdótico.

Resulta interesante cotejar lo hasta ahora expuesto con el pensamiento expresado por un falangista de filas, Pérez de Cabo. Éste había elaborado algunos bosquejos doctrinales en los que José-Antonio encontró “lagunas doctrinales” y a los que calificó de “imprecisos” , pero con los que también había importantes coincidencias de pensamiento, como él mismo también confesó . La obra de Pérez de Cabo, de la que ya se ha hecho mención en Rastro de la Historia por su conocimiento del fenómeno de Iberoamérica y por su fusilamiento en 1942), llevaba por título Arriba España . Y su postura bien podía representar la de bastantes falangistas hacia la Iglesia en la etapa anterior a la guerra.

 

Admiraba Pérez de Cabo en la Iglesia la disciplina y el orden jerárquico "en que todo está previsto, todo está calculado"; el culto a la aristocracia: “a los cuadros de mando sólo pueden ir naturalmente, los que son dignos de ascenso por su capacidad y por su esfuerzo". Lo cual no obstaba para negar radicalmente el sometimiento: "esta admiración despierta nuestra simpatía, pero no somete nuestro Estado al imperio en que la Iglesia Católica consiste"  y "jamás por otra parte se pondrá el estado nacionalsindicalista al servicio del proselitismo eclesiástico" , misión que debe acometer la Iglesia. La religión tenía la consideración de sentimiento humano irrenunciables: "no hay verdadero falangista en el hombre que no siente y cultiva la emoción religiosa" . Acerca de la confesionalidad del Estado opinaba que éste "no puede tocar la cuestión de las confesiones, ni auxiliarlas ni perseguirlas mientras sus dogmas y su moral no sean contrarios a la existencia y a los fines imperiales del Estado nacional español" . Las afinidades con otros partidos nacionalistas extranjeros eran negadas en lo tocante al sentimiento religioso pues para Pérez de Cabo "estamos tan lejos del espíritu ateo‑católico proclamado por la Action Française de Charles Maurras como de la persecución a la Iglesia cristiana. Y aprovechamos esta oportunidad para proclamar que aborrecemos el neopaganismo por su carencia de sentido trágico y proscribimos el racismo por su carencia de sindéresis" . La moral del Estado falangista no tenía dudas ya "no puede ser otra que la moral católica. Catorce siglos gravitan sobre la conciencia del estado español, y la iluminan y transfiguran con la luz del Sermón de la Montaña. Menguado estadista el que desconozca la fuerza de ese factor histórico"  Con lo que se volvía a emparentar la religión no ya con la verdad filosófica sino también como resultado de una elaboración histórica.

Tras ver los perfiles que presentaba la Falange en su postura hacia la Iglesia, convendría también trazar algunos rasgos definitorios de ésta. La postura de la Iglesia católica tenía por bases de posicionamiento social, en la década de los 30, un marco muy similar al trazado por el Profesor Montero  en el comenzar del siglo, con la salvedad, de enorme importancia, surgida más tarde, de los partidos laicistas (entiéndase laicismo como anticlericalismo, no como condición laical, que es la propia de todos aquellos hijos de la Iglesia que no han hecho votos ni recibido órdenes). Este marco se definía en el plano político por una actitud antiliberalista, asumiendo sin embargo (a pesar de proyectos correctores) la teoría económica subyacente, es decir, el capitalismo. En la dinámica de relación con el Estado y los sectores sociales integrados en él, se apreciaba una actitud integrista con rechazo expreso del aconfesionalismo y de la colaboración con los no católicos. Por el contrario, se daba una tradición de convergencias entre el catolicismo social y el reformismo conservador. En lo referido al intervencionismo estatal, éste no era aceptado por los núcleos más reaccionarios, aunque mayoritariamente no resultaba contradictorio, habida cuenta que la tradición intervencionista del nacionalismo décimononico, prolongada en la Dictadura de Primo de Rivera, era un proceso ya conocido y soportable.

No sin licencias cabe encontrar, en la Iglesia en España, tres núcleos: la Iglesia catalana, la vasca y la propiamente española (configuración regional que requeriría muy necesarios matices: tanto el cardenal Gomá como el cardenal Plà y Deniel, primados de la Iglesia española y colaboradores en primera línea del alzamiento de Franco, eran catalanes), una figura de enorme relieve: el Cardenal Primado y una cúpula dirigente de obispos o metropolitanos, que asumían una visión eminentemente conservadora.

En este marco, por mucho que la Falange participara de la cosmovisión católica, no resultaba fácil la sintonía entre la modernidad de algunos de sus postulados y los aquellos inquilinos incuestionablemente reaccionarios del edificio de la Iglesia. Ello era determinante del olvido de la opción falangista como opción anhelable.

A pesar del poco entusiasmo del catolicismo oficial hacia la Falange, los acontecimientos políticos iban a traer importantes variaciones en el comportamiento seguido hasta entonces. A partir de febrero del 36 y como consecuencia del triunfo del Frente Popular, se produjo un considerable trasvase de las Juventudes de la CEDA hacia la Falange. Y no parece que fueran determinantes de ese trasiego aquellos conatos de ataques y presiones que, según Hermes  se dieron por parte de los estudiantes falangistas y carlistas contra la Confederación de Estudiantes Católicos, alineada con la tendencia moderada de la CEDA, para lograr la ruptura de su inercia en unos momentos que exigían mayor dinamismo.

Ramón Serrano Suñer dejó patente en las charlas de El Escorial la profunda antipatía que experimentaba José-Antonio hacia aquella agrupación estudiantil. Y resulta creíble que personalidades falangistas bien vistas desde la derecha, como Giménez Caballero u Onésimo Redondo, ayudaran a la radicalización de las JAP y a su masiva entrada en aquella Falange de preguerra, ya acéfala. La Falange se presentaba entonces como tabla de salvación, última trinchera de resistencia, para no pocos católicos atemorizados

 

Parece que fueron impulsos políticos y no de credo religioso los que motivaron el traslado de una formación a otra. Aunque, en pura lógica, algunos tratadistas del tema, hayan visto más correcto -por coherencia lógica- el marco de la Falange como más idóneo para el quehacer político de los católicos con inquietudes, que su encuadre en otras formaciones. En esa línea de pensamiento, Salvador de Brocá afirmaba que "la Falange era el único grupo que aunaba la modernidad consciente de su programa con la atención cuidadosa a la tradición nacional y con fidelidad a la interpretación católica de la vida" .

No obstante, en aquellos meses de desconcierto y violencia desatada, debió resultar más convincente para los trasvasados la belicosidad falangista que el descubrimiento "intelectual" del catolicismo de la Falange.

FALANGE E IGLESIA DESPUÉS DE JULIO DEL 36.-

La identificación del régimen de Franco con la Iglesia, y el aliento de ésta al mantenimiento del Estado surgido el 18 de Julio (recuérdese la Pastoral del 37) ha sido la causa de que la gran mayoría de los tratados con referencia al período franquista refieran ese maridaje Iglesia‑Estado como una conjunción en donde se reflejan tímidamente las fisuras. El Profesor Tusell, en un intento de acreditación eclesial ante el repugnante francofascismo, revisaba esta formulación tradicional:

"Sin embargo, es muy fácil exagerar la identidad existente entre Estado e Iglesia, entre otros motivos porque bien clara resulta esta identificación en la documentación más fácilmente disponible y de manera especial en la prensa y en la propia experiencia vivida en aquellos momentos. El hecho de insistir en la identidad nacional‑católica de todos los sectores agrupados en torno al caudillaje de Franco no nos puede, sin embargo, inducir a creer que no hubiera tensiones. Por el contrario, estas existieron y fueron, además, en algún momento, graves" .

Tendríamos por tanto que, junto a una clara línea de colaboración, ha de admitirse que hubo desacuerdos dentro de la dinámica de relación entre la Iglesia y Estado. Por lo que aquí concierne el estudio se centra con el Partido Único (el que, a partir de abril del 39, se llamó FET y de las JONS), como integrante del Estado, y la Iglesia católica.

 

Las hipotéticas discrepancias doctrinales no obstaculizaron que algunos sacerdotes alentaran, ya en tiempos de guerra, una política de conjunción con la Falange. Esa línea que presentaba muchos y variados nombres tiene su arranque de manera pública con Fermín Yzurdiaga, antiguo capellán de la ACNP de Pamplona y director del primer diario de la Falange, el Arriba España, y, después, de la revista Jerarquía. El padre Yzurdiaga, nombrado por el Jefe Nacional del Movimiento consejero nacional del FET, se vería privado del reglamentario permiso de su obispo para acudir a las sesiones del Primer Consejo Nacional celebrado en el Monastario de las Huelgas Reales de Burgos, y pronto sería destituido de su cargo de responsabilidad por presiones. El recelo episcopal ante la decidida participación política se hacía a pesar de que el núcleo falangista de Pamplona no presentaba el temido totalitarismo achacado a otros centros falangistas. El Profesor Suárez entiende que los núcleos fuertes del propagandismo de la Falange, ubicados en torno a Salamanca, Pamplona y Valladolid, no reflejaban, salvo este último, ninguna proclividad al nazismo.

No resultó casual la elección de Pamplona, núcleo del carlismo, como lugar para la publicación del Arriba España. En aquella ciudad, refugio de los obispos de Vitoria, Córdoba, Valencia y Toledo "los falangistas intentaban eliminar sospechas sobre su ortodoxia e insertarse en el sentido confesional del requeté" , aunque –cosas de la época- lo mismo formaban una escuadra de honores para el Cardenal Primado que amenazaban de fusilarle con ella por el desaire recibido del Prelado .

A pesar de ese cambio de modales surgieron algunos roces, por el crudo planteamiento falangista de la cuestión social, entre el Diario de Navarra, y es que éste –grave pecado para algunos chapelgorris- había dado trabajo a antiguos afiliados a sectores de izquierda.

Los tradicionalistas recelaban de la religiosidad, ahora tan manifiesta, de la Falange, y más la achacaban a un panteismo poético que a la ortodoxia católica.

El Arriba España utilizaba una trama argumental que, si bien no se contradecía con la etapa anterior falangista, sí enfatizba fervores poco usuales hasta entonces. Se mostraba interesado en demostrar la búsqueda del cristianismo por parte de la Falange y en su proclamación de catolicismo, en defender la restauración de la Compañía de Jesús y en la necesidad de colaboración de la Iglesia con el Estado. Lo que luego se denominará como nacionalcatolicismo pudo tener en esta publicación un punto de arranque histórico. En aquel cargado ambiente de Pamplona, magistralmente descrito por Rafael García Serrano en La Gran esperanza, resulta difícil comprender la referencia de que la Falange acusaba a Monseñor Olaechea (que se había negado a bendecir sus banderas de voluntarios que partían hacia el frente) de mostrar simpatías con los socialistas . Más convincente resulta la argumentación contraria, es decir, la acusación de la infiltración de ideas y hombres de la izquierdas o sin escrúpulos en las crecidas filas falangistas. Táctica habitual seguida por los sectores conservadores y no carente en algunos casos de pruebas para ello .

A las múltiples y conocidas acusaciones sobre la infiltración de "rojos" en la Falange, carta del Conde de los Andes al General Franco en donde le decía acerca de la Falange:" más adelante, y sin que nadie pudiera evitarlo, los rojos vencidos hallaron causa explicable en esta ideología".  y queja del jefe local de la Falange del Valle del Mena en Burgos de ser tachados de rojos por los elementos reaccionarios de la provincia

El miedo a la contaminación de la Falange o de la idea que cada cual pudiera tener de ella, no sólo era patrimonio de falangistas puros o auténticos, o de sectores tradicionalistas, El cardenal Gomá, en Octubre de 1936 había mostrado a monseñor Pacelli su preocupación porque en la Falange se "estaban acogiendo.. muchos aventureros, o ventajistas, o indiferentes" . Pero es que a la Falange, como tabla de salvación, se arrimaban muchas gentes que no podían demostrar su "pureza de sangre"; para estos nuevos advenedizos ya se prepararía con el tiempo la depuración correspondiente. Si antes de la guerra y en los primeros meses del conflicto fueron gentes de CEDA y JAP, ahora arribaban personajes de otros bandos, incluso sacerdotes afines al nacionalismo vasco que, para evitar el exilio, se hicieron falangistas 

Para el Cardenal Primado, los falangistas tenían considerable fondo de fe cristiana y sentido de la Patria, pero le preocupaban las influencias totalitarias y los muchos sindicalistas y socialistas que estaban entrando en sus formaciones. Había miedo al contagio, lo que no era extraño, dada la corta edad, la naturaleza infantil de aquella Falange descabezada y la admiración no muy informada que algunos experimentaban hacia ciertas experiencias con base en Alemania. Más que nada, un ejercicio de simbolización, de proyección mental sobre un fenómeno deslumbrante. Pero esas reticencias están más que demostradas. El Profesor Suárez indica que, en reunión de Gomá con el entonces Secretario de Estado Vaticano, Pacelli, mientras le mostraba su confianza total en Franco, manifestaba sus miedos al falangismo o, al menos, a algunas de sus derivaciones "hacia actitudes socialistas o totalitarias" .

En Mayo del 39 se produjo un cruce de cartas entre Gomá y Franco. La Religión, la Patria, España, habían vencido a sus enemigos. En esa lucha habían participado activamente las milicias de la Falange, Sin embargo, los Arzobispos, reunidos en Toledo del 2 al 5 de Mayo del 39, se llegaron a plantear la base documental de la prohibición a sacerdotes y religiosos de inscribirse en la FET. Su postura final se limitó a pedir que no colaboraran en organizaciones falangistas. La respuesta de algunos fue la ignorar tal petición que, al poco tiempo, caía en saco roto, aprestándose altas jerarquías de la Iglesia a la colaboración con servicios dependientes de la FET.

En Junio del 39, el hombre fuerte de la Falange unificada, Serrano Suñer, firmaba en el Vaticano unos acuerdos centrados en el tema de provisión de vacantes de obispos, administradores apostólicos, etc; y el Estado, en contrapartida, se comprometía a establecer negociaciones, respetando los cuatro primeros artículos del Concordato de 1851 (resumidos en la exclusividad de la religión católica; en la instrucción en todos los niveles conforme a la doctrina católica; en el respeto, ayuda y apoyo a los prelados; y en ser la Iglesia la encargada de la pureza de la fe y de las costumbres y de la educación religiosa de la juventud).

Desde Roma, el Papa, con su encíclica Summa Pontificatus, prevenía contra el estatalismo de moda en Europa por aquellos años, del que no se privaban sectores falangistas partidarios del Estado totalitario. Enseñaba el Pontífice que el Estado no era omnipotente y que había de someterse al orden moral y que la Iglesia ‑custodia de ese orden‑ no podía, en consecuencia, someterse al Estado. Ciertamente, la argumentación no era nueva y enlazaba con disposiciones papales anteriormente expuestas. El caso de España demostraba que tales principios se sabían y aceptaban. Los sectores con más proclividad al nazismo del interior de la Falange intentaron la censura de la encíclica, en la que podían verse de alguna forma reflejados. Eran pataletas contra un gigante, por parte de sectores minoritarios, que tenían algunas parcelas de poder, pero que nada podrían a la larga. Franco retiraría su apoyo a estos sectores y se encargaría de tener perfectamente controlada bajo sus órdenes a la gran masa de la Falange Tradicionalista.

Al año de la victoria de las tropas de Franco, el Cardenal Segura, una de las "dos figuras descoladas de un retablo ochocentista", según Maura , se negaba a que fueran grabados los nombres de José-Antonio y de los caídos de la zona nacional en la fachada de la catedral de Sevilla, tal y como se estaba haciendo en iglesias y catedrales de toda España. Argumentaba el Cardenal disposiciones del Derecho canónico y amenazaba con fulminar las más graves penas, incluida la excomunión, contra los que no obedecieran sus mandatos. La postura del cardenal, expulsado de España en época de la República, excéntrico donde los haya, chocaba con la síntesis entre la ideología azul del Régimen y los ideales cristianos que preconizaba, un ejemplo entre otros, el obispo de Madrid‑Alcalá y Patriarca de las Indias Occidentales, Eijo y Garay.

La consideración de la Falange unificada como enemiga del Ejército y de la Iglesia en unas conferencias del 43, serían nuevas invectivas de Segura contra FET. En aquél para quien caudillo era lo mismo que capitán de bandoleros, las posturas sorprendentes eran cotidianas. Y entre las más chocantes, que aquel cardenal enemigo de la Falange, se mostrara "cariñosísimo" con el II Jefe Nacional de FALANGE ESPAÑOLA de las JONS, Manuel Hedilla Larrey, purgado por Franco tras el decreto de Unificación, todo lo contrario a la postura que mostró el primado Pla y Deniel .

El año 41 presentaba unos acuerdos de trascendental importancia para las relaciones entre el Estado y la Iglesia. Por parte del primero, volvía a ser Serrano Suñer el encargado de realizar los tratados que supusieron una "goleada" al Estado por parte del Vaticano en opinión del Profesor Marquita . Por dichos acuerdos, la más representativa figura política del nuevo Estado y hombre fuerte del Partido, Ramón Serrano Suñer, dejaba en manos de la Iglesia el control moral de la sociedad y de la juventud en particular, la enseñanza religiosa, la censura de publicaciones y la no entrada del Estado de forma unilateral un cuestiones mixtas que afectaran tanto al propio Estado como al Vaticano. Dichos acuerdos en donde el poder político se plegaba de forma inexorable a las peticiones de la Iglesia presidirán, según Marquina, las relaciones durante todo el franquismo .

Desde esa perspectiva de sumisión no resultará extraño que, con el paso del tiempo, la urdimbre legislativa fundamental del Estado fuera considerada por expertos en temas jurídicos (caso del que fuera Fiscal General del Estado, el socialista Leopoldo Torres) como una anacronía por las connotaciones teocráticas reflejadas .

En Noviembre del 42 y dentro de la lógica de la necesidad en que el general Franco se movía, como lugar de contraste de pareceres –curiosamente, cuando empezaban las dificultades a los aliados‑ se publicaba la Ley del Cortes en donde la entrada de prelados quedaba reflejada en el artículo 2 apartado I. El nacionalcatolicismo, conjunción del Estado con la Iglesia continuaba su marcha. El cardenal Vidal i Barraquer denunciaba al Papa en el año 42 que tanto seminaristas como profesores del Seminario español en Roma hacían el saludo fascista y cantaban el "Cara al sol". Y es que en los seminarios y allende nuestras fronteras, la configuración ideológica del nuevo Estado, el maridaje, se estaba produciendo.

A pesar de la sumisión y de los acuerdos, aún habría motivo de sobresaltos para la Iglesia por ciertas actitudes individuales. El catedrático paleojonsista, más tarde represaliado por el franquismo, Santiago Montero Díaz, despertaba la prevención de la Iglesia al proponer, en la debacle de Alemania, acompañarla en su muerte. Así lo había planteado el expresado profesor en su conferencia "Sócrates o la manera de morir".

Aquel radical planteamiento respondía a individualidades y no reflejaba el sentir general de una Neofalange que, con José Luis Arrese al frente, había entrado en el plano de la reconducción absoluta hacia los intereses que marcara el Estado. Las publicaciones del momento daban buena prueba de ello. El Boletín Oficial del Servicio Exterior de la FET, continuado a partir de 1946 con el nombre de Boletín Oficial de la FET era una muestra evidente de que el radicalismo (si es que alguna vez había hecho acto de presencia) había quedado atrás. Como ya se ha comentado desde artículos de Rastro de la Historia, la preocupación máxima por parte de la Falange unificada era, por aquel entonces, la de dejar patente su componente católica.

Las semanas siguientes a la Conferencia de Postdam, la policía detectó fuertes tensiones en el interior del régimen. Y es que, ante la derrota del Eje, no pocos tradicionalistas, militares y católicos empezaban a encontrar en la Falange un excelente chivo expiatorio al que cargar con la culpa de la pasada afinidad con las naciones derrotadas.

 

El estratega Franco ponía ahora en marcha, con más empuje que nunca, la unidad más idónea para el combate. Ahora le tocaba el turno a la Iglesia. Había que demostrar, todavía mucho más, que el régimen obedecía a una postura política de corte cristiano. En este marco se situaba el folleto que el jefe del Estado dirigía a los mandos juveniles ‑sector en manos del Partido‑ "Tres lecciones en la primavera", en donde se exaltaba el carácter cristiano y la obra del Régimen.

En la redacción del Fuero de los Españoles, en 1945, una ley que urgía sacar adelante en el nuevo contexto político, el tema religioso era inexcusable, y volvió a abrirse el debate entre las distintas facciones del Estado: fundamentalmente entre el integrismo religioso, en el que se encontraban tanto la corriente tradicionalista como los sectores clericales, y aquellos otros que pensaban que debía el Estado conservar una disposición menos comprometida con la Iglesia institucional; finalmente será el Vaticano quien redacte el artículo 6, consecuencia de los acuerdos del 41. Volvía pues la Iglesia a imponer sus deseos; aunque el cardenal Segura, opuesto por completo a la libertad de cultos, no evitará la ocasión de publicar un Informe opuesto al citado artículo .

Leopoldo Eijo y Garay, personaje sintético donde los haya, pilar del nacionalcatolicismo, en la conmemoración del año Santo de 1950 declaraba que "a la luz del derecho Canónico, las relaciones entre la Iglesia y el Estado son hoy en España los ideales, de tesis, no de hipótesis". Asesor Nacional del Frente de Juventudes, pensaba que, al fundirse las enseñanzas pontificias y la doctrina de la Falange, se formarían las generaciones que salvarán a la Patria. Tomando como base la postura de José-Antonio frente a la panteización del Estado, relacionaba directamente, en su especie de arenga, las enseñanzas sociales del fundador de la Falange con las de la Rerum Novarum. A primera vista podría pensarse que el Patriarca de las Indias Occidentales se plegaba a la ideología nominal del Estado, máxime teniendo en cuenta que, según Payne, Eijo y Garay fue el único prelado dispuesto a servir a Franco en el puesto de Consejero de Estado. Pero hay actitudes del prelado que demostraban que su puente tendido tenía muy en cuenta la orilla más firme en donde se anclaba, y que por supuesto era la Iglesia. De esta forma Eijo y Garay, "el obispo azul", fue el primero que dio cobijo al Opus Dei: la entidad de la que, con el tiempo, saldrían aquellos tecnócratas enemigos y vencedores de los sectores residuales de la Francofalange. El apoyo de Eijo al Opus Dei, al otorgarle un estatuto canónico, fue, muy posiblemente, para defenderle de los ataques de que le hacían objeto los francofalangistas .

 

Si el Obispo de Madrid fue efectivamente un personaje sincrético entre la ideas de la Iglesia y las de la francofalange, tampoco conviene magnificar su posición en el sentido de que olvidara su función de dirigente de la Iglesia. Desde esa función dirigía severas advertencias al Asesor Eclesiástico de la Organización Sindical por una posible animadversión con la HOAC . No olvidaba Eijo que, antes que del Estado y, por supuesto, del Partido, él era dirigente de la Iglesia.

El Régimen de Franco se aprovechaba (con beneficio mutuo) de las actitudes conservadoras y reaccionarias de que hacían gala algunos miembros de la Iglesia que, unidas a las ideologías de otros grupos presentes en el Estado, produjeron una simbiosis entre los postulados de ambos dando lugar al fenómeno conocido como "nacionalcatolicismo", que estaba produciendo "la más notable restauración tradicionalista, religiosa y cultural que se haya visto en el siglo XX en cualquier país europeo" .

El término nacionalcatolicismo fue divulgado en los años 60 por González Ruiz, un canónigo malagueño que buscaba el arrimo del progresismo, pero ya antes había sido utilizado por José Pemartín y por el cardenal Gomá. Expresaba la identificación entre lo nacional español y lo católico. La Neofalange, poliédrica, lo mismo ponía en juego su faceta agnostizante que servia de confluencia sincrética para desarrollar el nacionalcatolicismo, en donde se contaba con el concurso de otras fuerzas y muy especialmente del adaptacionismo de los medios eclesiásticos.

En la preparación de aquel fenómeno confluían factores de diversa índole. De gran importancia resultaba lo que se podría denominar como "factor agrario". No resultaba ajena a ello la conversión de un país todavia agrícola, con mentalidad agraria en tránsito hacia soportes económicos distintos. Resulta un síntoma la fuerte significación que Castilla la Vieja tenía para la Iglesia y para la Falange.

En el "Nuevo Estado" la práctica pastoral quedaba resumida en la palabra "rerruralización", como en eco levítico del grito falangista "Arriba el campo". Tanto para la Iglesia como para la FET, el ámbito rural era visto con valores de los que la sociedad urbana estaba huérfana . Y la plasmación cinematográfica de aquella postura quedaba manifestada de manera impresionante en el magistral film Surcos, del entonces director falangista José-Antonio Nieves Conde.  Aspecto de la lucha entre la ciudad y el campo, manipulada esta lucha los elementos más conservadores ha sido esbozado por Carlos Hermida (Historia 16 )

Desempolvando los textos de Jose Aragón Montejo(de la Asociación de Agricultores de España), de Emilio Zurano ("el horror del campo y los errores de la ciudad") y Daniel Guerrero de la Iglesia ("Campo contra ciudad"). Extrae como conclusión el citado autor que la ciudad era buscada como chivo expiatorio de los males que aquejaban al campo y lo era por aquellos que mantenían una situación de dominio en este medio. Dando por sentado que la base electoral de la CEDA se encontraba en los territorios campesinos castellanos , aunque no votantes de la Falange, anduvieron prestos a dejarse llevar por el discurso falangista en los albores de la guerra, durante y después.

 Los campos de actuación y los lugares de búsqueda de la masa humana que incorporar a los contingentes al ejército de la Iglesia o al de la Falange tuvieron similitudes. Según el estudio de Hermet sobre los lugares de práctica religiosa, de los reductos nutrientes de seminarios y de asistencia a actos religiosos había bastante coincidencia con los núcleos en los que la Falange buscaba adeptos . La Falange misma era, en sus organizaciones juveniles, un nada tibio ni menguado semillero de vocaciones religiosas.

En la genealogía del Nacionalcatolicismo intervinieron, como elementos del factor político, los conservadores (Acción Española), el catolicismo social (ACNP) y falangistas con distintas tendencias. La primera fuerza citada será el motor principal, en cuanto conseguirá plasmar sus planteamientos ideológicos en el entramado del nacionalcatolicismo.

Los rasgos definidores del fenómeno  serían, como modelo: la cristiandad; como antimodelo: la modernización; como reacción saludable: la contrarrevolución fascista. Se trataba del triunfo definitivo de las fuerzas del bien a través de la Cruzada Española, que habría traído como consecuencia la restauración de la cristiandad y del modelo político imperial. El predominio de los presupuestos ideológicos en manos del pensamiento conservador con la consiguiente supeditación a este pensamiento de la ideología falangista.

 

La imbricación de elementos religiosos, políticos y militares fue muy importante. Surgieron contratiempos, pero posiblemente, en su conjunto, la colaboración fue el factor determinante para la supervivencia del Estado y unieron más los enemigos comunes que las diferencias.

Esa colaboración, que se había dado secularmente en España y que contó con paréntesis en el XIX y durante la segunda República, encontraba otra vez más, condiciones propicias para establecerse. Cuando a Casimiro Morcillo en una etapa en que en medios eclesiásticos se rumiaba ya el desenganche, le preguntaban por su labor como procurador en Cortes respondía:

"Comienzo por decir que a mi, personalmente no me agrada ser procurador en Cortes, y si lo fui es porque consideré, tras las debidas consultas con mis autoridades superiores que era un cargo que tenía que aceptar. En cuanto a la tesis general no veo incoveniente en que haya un número de obispos procuradores en Cortes, sinceramente no lo veo. En primer lugar hay una larga tradición, y no sólo en España, sino en todos los países europeos que han sido cristianos. En nuestro país, por no remontarnos muy lejos, he de recordar que en tiempo de la monarquía eran senadores, por derecho propio, todos los arzobispos e incluso algunos obispos. En segundo lugar, es una forma de lograr esa inteligencia , de que antes hablábamos entre la Iglesia y el estado. Finalmente una representación de la Iglesia en los órganos en los organismos legislativos no deja de tener sus ventajas, especialmente para velar, en cuanto sea posible, porque las leyes respeten el derecho natural".

La reconducción hacia los moldes católicos era un hecho. Cierto anticlericalismo de los falangistas quedaba limado por la práctica, de uso corriente, en actividades programadas por la Iglesia. Para Javier Villalba, en aquellos tiempos , los propios falangistas demostraron un fervor inusitado en ellos hasta entonces, recibieron según parece ‑la multitud de ejemplos y de conversiones es tan grande que se puede aseverar‑ órdenes precisas de ir a misa, de confesar y comulgar. Tal postura coincide (por testimonios orales recibidos) con la actitud comprobada de ciertos militares y falangistas agnósticos, que participaron con fe inusitada en los cursillos de cristiandad, dando muestras de una conversión acelerada en su particular camino hacia Damasco .  

Al comienzo de los cincuenta, con los trabajos preconcordatarios en el interior de España, se planteaba el dilema apertura laica y estatismo contra tradición eclesiástica y enseñanza privada. Integrantes de esa intelectualidad falangista (revisionistas y críticos ya por esas fechas), serian llamados por el ministro de Educación, Ruiz Jiménez para colaborar en su Ministerio.  

Se presentaba un panorama que Calvo Serer, en 1953 desde "Ècrits dè Paris", definiría como de dos fuerzas en la política interna de España; la izquierda falangista y la derecha democristiana. Mientras tanto, sectores dóciles de la Francofalange como la Sección Femenina acudían a Roma para la proclamación por el Papa Pío XII del dogma de la Asunción de la Virgen Maria.  

Según Luis Suárez "Las camisas azules mostraron al Papa que Falange era, con toda su carga política propia, un movimiento católico". . Las romerías falangistas con destino al Vaticano no se limitaron a la agrupación de mujeres. El Frente de Juventudes y la Organización Sindical harían sus preparativos también para dar testimonio de su catolicismo militante.

El francofalangismo más católico estaba presente en el gobierno del 51. De Ministro Secretario, el dócil Fernaández Cuesta y en Trabajo, José-Antonio Girón, quien en 1954 dará el gobierno de la Universidad de Gijón a la Compañía de Jesús.  

El afianzamiento del régimen con el establecimiento del Concordato y el acercamiento a USA, impulsaban curiosamente al Partido Único. El sector menos presentable de cara al exterior de entre los integrados en el Estado, cobraba bríos en este preciso momento, y volvía a sacar de su repertorio antiguos resabios de totalitarismo (Cft. El Congreso de 1953, en Rastro de la Historia 11). Bien es cierto que sólo a niveles verbales o con proyectos pronto neutralizados por otras fuerzas o por el propio General Franco. Si el SEU había comenzado una etapa de revitalización en 1951, la FET celebraba en 1953 su Primer Congreso donde nuevamente el radicalismo verbal se constituía en la forma de expresión del francofalangismo. Se confundían los deseos con la realidad y se diseñaba una política de intenciones tendente a autoafirmar algo que cada vez estaba más lejos: la creación de un estado falangista: "bajo ningún pretexto consentirá la Falange la ilegítima actuación de camarillas que pretendan mermarle de su condición de única inspiradora del Estado"  

En el año 56, cuando el proyecto constitucional de Arrese está en vía muerta, atacado por los cardenales Pla y Deniel, Arriba y Castro y Quiroga Palacios, que probablemente recibieron órdenes superiores, bajo el pretexto de que se tendía a un Estado totalitario de tradición extranjera, no española y carente de la unidad que significó el 18 de Julio, el Vicesecretario Salas Pombo pasaba unas consignas a las Falanges provinciales advirtiendo de maniobras que pretendían enfrentar a la Falange con el Ejército y con la Iglesia: "Hemos de estar alerta contra todo intento de provocar fricciones contra la Iglesia" . La Junta Suprema de la HOAC, apadrinada por los obispos, dirigía a éstos un memorando contra las leyes propuestas y pidiendo la supresión de la Delegación Nacional y de las provinciales de los Sindicatos.

En la política española hacían su aparición pública algunos miembros del Opus Dei, que se verán comprometidos en la política del Estado y desarrollarán su tarea dando lugar a la llamada tecnocracia. Si bien el Opus Dei pregonaba que las acciones de sus miembros dedicados a la política tenían carácter exclusivamente individual, de modo que cada miembro de la Obra era plenamente libre y, por tanto, plena y personalmente responsable,  no lo veían así muchos miembros de la francofalange que, celosos de que alguien ajeno a ellos alcanzara puestos de relevancia pública, no se resignaban, e iniciaban una campaña de desprestigio contra la institución, sin pararse a considerar la presencia de falangistas en el entorno fundacional de la Obra (Alberto Ortega), o la evidencia de que algunos de sus más caracterizados miembros (Vicente Mortes, Herrero Tejedor) eran también francofalangistas. El 10 de Abril del 57, el Servicio de Información de FET presentaba un informe sobre la situación universitaria, que se hizo llegar a manos del general Franco; en él se aseguraba que, desde el Colegio Mayor Moncloa (vinculado al Opus Dei) se orquestaba una trama para desacreditar a la Falange. Ésta y otras coyunturas, como las suscitadas por la concurrencia a oposiciones de cátedra de candidatos del “Moncloa” y del seuísta “César Carlos” darían lugar a enfrentamientos que en ocasiones se saldaron con algún mamporro , llevando la peor parte los de este último Colegio Mayor, por el inestimable apoyo prestado a los del “Moncloa” por uno de sus colegiales, un japonés estudiante de español que resultó ser maestro de judo.  

La retirada de elementos de la Francofalange del gobierno de Franco del año 57 propició, en la competencia acostumbrada por la apetencia de poder, reacciones en contra de los tecnócratas católicos. Participaban de la contestación los Paris Eguilaz, Funes Robert y el grupo de Velarde, Fuentes, Rojo Duque, Sampedro y Tamames . Desde los Órganos universitarios del Movimiento se producirán ataques contra la apertura de la Universidad de Navarra, obra corporativa del Opus Dei, hasta el punto de que el Ministro de Educación, Jesús Rubio García-Mina, próximo a la Francofalange, no acudió a la ceremonia de inauguración de este centro.

 

Indica Hermet en su libro que en el año 64 aparecieron panfletos de la Falange contra la monarquía, el capitalismo y el Opus Dei y que tras esta campaña se intensificaron los cenáculos de falangistas de izquierdas que escaparon del control del partido. Aunque es cierta la oposición hacia la línea política de los tecnócratas por parte de los elementos de la francofalange, que se veían marginados en el reparto de poder, nada tiene que ver con la aparición, en esos años, de quienes, proclamándose falangistas joseantonianos, decidían organizarse al margen del Movimiento. Y es que estos no eran candidatos a ningún reparto de poder, sino militantes de una revolución que decían pendiente y traicionada por el franquismo.

 A la elección de Montini como Pablo VI, el diario Arriba hubo de corregir ataques recientes al prelado milanés, ahora Papa, entre ellos el que le había dirigido uno de José Maria de Llanos, en tono de viejo falangismo 

Desde el Movimiento, para intentar vitalizar una estructura cada vez más sin vida, se intentó la promoción de algo muy querido por la Iglesia: la participación familiar. Con tal fin y a impulso fundamental del Delegado de Asociaciones del Movimiento, Fraga Iribarne, se asistió a Congresos Internacionales sobre la familia (agosto de 1960, en la Universidad de Columbia, en Nueva York) o se celebraron Congresos de la Familia en España, que contaron con el apoyo eclesial desde sus más altas instancias. Fruto de aquello fue la salida a la calle de la revista Familia Española en donde se conjugaban las tesis del Movimiento con el modelo familiar de la Iglesia y, por tanto del matrimonio indisoluble, "contra el que únicamente la legislación de la Segunda República quebró una línea de conducta" . Su redacción era un compendio de ambas instituciones: Manuel Fraga, Eijo y Garay, Muñoz Alonso, Fernández Cuesta o el Obispo Vicente Enrique y Tarancón se sumaban a aquel esfuerzo que, tras unos años de vida, entró en vía muerta.

A pesar de que el general Franco insistía en que la tarea de la Organización Sindical era "la función práctica de forjar la conciencia social de los españoles dentro de los principios que el magisterio de la Iglesia católica nos enseña"; tales manifestaciones no pueden ocultar el desenganche de la Iglesia con el Estado en el periodo siguiente al Concilio Vaticano II. 

Los intentos de revitalización del Movimiento con la Ley Solís sobre asociaciones de familia y mujeres casadas, dentro del Movimiento, eran contestados por los obispos, con Olaechea de protagonista, acusando al proyecto de ir contra el derecho natural por intentar someter las familias al Movimiento.  

En la muerte por inutilidad manifiesta del SEU, en 1965, la revista Eclessia, aludiendo a las doctrinas pontificias pedía estructuras más representativas .  

Los años 60, marcados en política por la presencia de los grupos de la Falange alternativa, tuvieron una postura religiosa muy definida y que puede considerarse heredera de las distintas ópticas que en el mundo de la Falange había tenido la religión. El primer núcleo disidente agrupado bajo las siglas FES procuró incluir en sus contenidos doctrinales la postulados de la Iglesia católica por considerarlos esenciales en la idea de la Falange. Partían del presupuesto de que lo esencial en el pensamiento de José-Antonio era la baza espiritual e intentaron aplicarla a su actuación política. Oraciones en las reuniones de militantes, retiros espirituales‑políticos, albergues, celebraciones mediante actos religiosos de los aniversarios de sus caídos o la publicación de un libro que, a modo de guía espiritual, iba a resumir sus planteamientos políticos y que intentaba ser un libro de cabecera del militante falangista, eran muestras claras de su preocupación religiosa.  

Tal postura iba a ser respondida por otros grupos de la Falange alternativa que por escisiones irían surgiendo. La polémica planteada en la Falange de la preguerra de matiz ideológico entre la opción ramirista y la joseantoniana, volvía a cobrar actualidad. Se acusaba al FES de querer que los obispos fueran al tiempo gobernadores civiles, de ser sus dirigentes miembros del Opus Dei, de considerar a sus publicaciones como "hojas parroquiales".. etc. Toda una gama de improperios, sin base alguna, que emparentaban el radicalismo verbal de éstos  con el lenguaje insultante que miembros de la Guardia de Franco dirigían años atrás a sectores de la Iglesia . El FES juzgaba las actitudes globales de aquellos núcleos como la de ser "fieles seguidores del Movimiento Nacional". 

La postura del FES con respecto a su relación con la Iglesia, redactada ya cuando se produjo su conversión en Falange Española Independiente, en 1976, se resumía en:  

  • Abogar por un Concordato.  
  • Pedir la supresión de privilegios que tenían los clérigos al considerar "que han perdido la autoridad moral ante el pueblo español..."(exención del servicio militar, exenciones fiscales, privilegios jurídicos...etc.)  
  • Distinción de los bienes eclesiásticos del clero entre aquel que cumple una función social, a quien es lícito respetar sus bienes y aquellos que no lo cumplen a los que habría que incautárselo o al menos impedir que los enajenaran.  
  • Negativa a la financiación o ayuda estatal, teniendo en cuenta las honrosas excepciones que puedan producirse.  
  • Control del Estado en las asignaciones voluntarias que los ciudadanos decidan entregar a la Iglesia, si ésta no opta por obtener fondos de la caridad pública.

  En lo referido a la moral católica:

  • Protección a la familia, nacidos, menores y los concebidos no nacidos.  
  • Negativa a la aceptación del Estado del papel de legalizador de uniones o separaciones matrimoniales.  
  • Consideración del aborto como un delito moral y jurídico, perseguible de oficio.  
  • Negativa a que el Estado marque una política demográfica, asignándole a éste el papel de repartidor de la riqueza para ayudar a las familias en general y a las numerosas en particular.  

Se observa pues una fidelidad total a los planteamientos morales de la Iglesia Católica, en la línea más rigurosa.  

Distintos grupos provocados por la escisión del núcleo FES, confluyeron, tras años de inactividad o de posturas más o menos gauchistas, en una organización denominada FE de las JONS Auténtica que con respecto a la Iglesia católica y a su moral, se resumía en presupuestos emparentados con los de la vieja Falange, a los que añadían parte de producción propia que escapaba de los márgenes comúnmente aceptados en la Falange:  

  • Separación Iglesia Estado. Negativa a establecer un nuevo Concordato, aunque se acepten en ocasiones puntuales, acuerdos entre ambas instituciones.  
  • Reconocimiento por parte del Estado del matrimonio civil sin inmiscuirse en el contrato que supones el matrimonio.  
  • Aceptación explícita del divorcio.  
  • Aceptación explícita de los anticonceptivos.  
  • Apertura de un debate en torno al aborto desde una postura defensora de la vida.  
  • Negativa a la planificación familiar dirigida al tratarse de un problema de conciencia.

 Aunque Fuerza Nueva no era una agrupación falangista sí contaba con militantes de esta tendencia. Se trataba de un conglomerado sintético a base de los principios más primitivos del Régimen; aglutinaba elementos del tradicionalismo, de la Francofalange y de los sectores más integristas del clero (algunos como el Padre Fernando Hernández Quirós, de una honradez personal a prueba de bomba). Gran parte de los números de la revista se dedicaban a la crítica contra el desenganche de la Iglesia del Régimen. Aquella preocupación religiosa no podía resultar extraña si se tiene en cuenta que el fundador del grupo (Blas Piñar López) procedía de la Acción Católica y que colaboradores activos de la revista eran sacerdotes (Vicente Marcos o Fernando Hernández -del que el autor de este artículo guarda grato recuerdo, admiración y respeto-) y además, contaban con la simpatía de los sectores más conservadores del clero agrupados en torno a la Hermandad Sacerdotal. La critica hacía la actitud postvaticanista de la Iglesia española no se centraba tan solo en los sectores progresistas de la Iglesia española, sino que llegaba a los obispos, a la Conferencia Episcopal. Se les tachaba de haber aceptado influencias protestantes cuando menos , de estar mediatizados por el marxismo  o de pérdida de fe . Su planteamiento religioso se movía en los sectores más integristas de la Iglesia, con postulados que diferían de la interpretación que del Concilio Vaticano II estaba dando una gran parte de la Iglesia española, que se actualizaba al compás del envejecimiento del general Franco.

LOS MARCOS FUNDAMENTALES DEL CONFLICTO  

El temor al totalitarismo del Partido Único se concretaba fundamentalmente en las parcelas de Propaganda y Educación. A continuación se estudian las tensiones surgidas en torno a estas dos parcelas y también en lo referido al mundo del trabajo, dado que una vieja aspiración de algunos sectores de la Iglesia consistía en formar sindicatos católicos, a los que la configuración unitaria del régimen no dio cabida.

LA PROPAGANDA

Sectores de la FET con gran proclividad al Nuevo Orden europeo, se encargaron de la tarea de Información y Propaganda en el Nuevo Estado. Desde el Ministerio del Interior, Ridruejo, Jiménez Arnau y Antonio Tovar controlaban los moldes de difusión del Nuevo Estado, llamados por Ramón Serrano Suñer a colaborar con él.

La publicación de la encíclica "Con ardiente preocupación" (Mit brennender Sorge), en donde se criticaba el totalitarismo de los nuevos estados, con especial atención a Alemania, procuró la animadversión de la prensa de aquel país contra el documento y contra el Vaticano. En España a través de El Adelanto de Salamanca se reprodujeron los ataques en escala proporcional contra el documento papal, pero ello no fue obstáculo para que todos los boletines episcopales en 1938 publicaran la encíclica . Según el Profesor Suárez, la Alemania nazi presionó ante Serrano, ya en Marzo del 37, con la finalidad de que se diera publicidad a la Encíclica Divini Redemptoris en detrimento de la otra. Ambas fueron publicadas el 17 y 19 de Marzo del 37. La de la condena al paganismo nazi, fue traducida desde el francés por Gomá y resumida por el Primado en una Pastoral para asegurar su difusión  Emparentado con la Mit Brennender Sorge, el cardenal Gomá expresaba el temor de que el nacionalsindicalismo pudiera evolucionar a posturas nacionalsocialistas, y así lo expresó en su pastoral "Catolicismo y Patria". Tal preocupación se vería sin fundamento con el paso del tiempo y no puede olvidarse que la admiración por lo alemán también se daba desde